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“Déjame tu pasaporte y todo irá bien, te prometo que vivirás como una reina”

Fuente : 20 MINUTOS

Fecha : 09/01/2018

Chantajes, cambio de identidad, secuestro, malos tratos, violaciones, matrimonios forzados, tráfico de órganos o asesinato, son solo algunos de los patrones que se repiten en los millones de casos de trata de personas en todo el mundo. Resulta un tanto anacrónico tener que hablar de esclavitud en el siglo XXI, pero la realidad es que la trata de seres humanos, responde a una versión moderna de esclavitud, reconocida como tal por Naciones Unidas.

En Belgrado, las mañanas son ya bastante frías en este mes del año, pero hay multitud de gente caminando hacia el trabajo en las calles del centro. En los parques, deambulan grupos de hombres, cabizbajos, con las manos metidas en los bolsillos. Algunos de ellos son mercaderes modernos, traficantes, que se citan en los lugares públicos y abiertos para discutir sobre los precios de viajes y personas migrantes; prometen una agradable bienvenida a Europa: con la llegada todo será fácil, encontrarán a sus seres queridos y serán felices para siempre.

Entre las mafias que actúan como agencias de viaje para las personas migrantes y los traficantes de personas, hay diferencias, pero se trata solo de una delgada línea que se cruza con frecuencia.

La historia sobre Ana Doula (nombre ficticio), es una de esas historias que te dejan paralizada: Ana era una niña bosnia de 17 años, cuando un familiar convenció a sus padres para llevarla a algún lugar de la Ex-Yugoslavia, prometiéndoles una vida mejor para ella. Esta fue una mala decisión de unos padres con poca información, que solo querían lo mejor para su hija; pero Ana se fue para no volver jamás con ellos, y se convirtió en una esclava sexual, obligada a perpetrar robos, a captar a otras víctimas y a consumir drogas que pagaba con sus horas de esclavitud.

Aunque era triste pegar a otras chicas, había que hacerlo, para sobrevivir, estaba muy perdida, pero en los días en los que le encargaban salir y “hacer negocios”, se sentía grandiosa e importante.

Pasados algunos años de cautiverio, los captores de Ana fueron identificados y encarcelados, se había convertido en una adulta, y tuvo una segunda oportunidad: intentó rehabilitarse y recuperar cierta normalidad; quiso ayudar a otras chicas a ser conscientes de los escurridizos trucos de los traficantes. Pero al final, no fue posible escapar de su pasado; las secuelas psicológicas fueron en su caso más profundas que las huellas físicas que había en su cuerpo. Volvió a enfrentarse con las amenazas de otros traficantes, hasta que entró de nuevo en el bucle del mercado de seres humanos. Hoy, si está viva, tendrá unos 35 años.

La trata puede estar al lado de casa

A muchos padres, madres y docentes de nuestro país, el término esclavitud les puede sonar a problema ajeno y lejano, pero se trata de una situación que puede afectar a cualquiera, y en la que si se invierten recursos y esfuerzos,  (no en atemorizar, sino en educar) se puede hacer bastante para prevenir.

“La trata”, aunque suene a asunto peligroso y oscuro, es un tema de conversación en Serbia, país en el que la Cruz Roja tiene una reconocida experiencia por su trabajo de prevención, gracias a su proyecto “Contra la  trata de personas”, en el que colabora Cruz Roja Española desde el año 2011. Jelena Anjelic, es la coordinadora del proyecto, y para ella, la trata “es un problema relativamente escondido, porque se habla de ello, y se trata de una situación compleja que tiene muchas capas. Los jóvenes saben que existe, pero no son conscientes de que podrían tener el problema en casa, teniendo en cuenta que muchos de ellos quieren salir de Serbia para buscar mejores oportunidades”.

España está a la cabeza en la lista de países demandantes de prostitución, según Naciones Unidas, por lo que somos parte del problema también por ese lado. Pero, es sin embargo en los países de tránsito de personas migrantes hacia la Unión Europea, (y sobre todo en Macedonia, Montenegro, Serbia o Hungría) donde existe un fuerte foco de personas víctimas de trata, debido en parte a la llegada de personas migrantes y refugiadas procedentes de la misma Europa, de Asia o África, sobre todo de menores que viajan a Europa solos.

La situación de los niños y niñas que viajan solos es de lo más desgarrador que puede ver un trabajador del ámbito socialLas mafias han abierto los ojos y los bolsillos ante la llegada de tanta “mercancía”  fácil de menores migrantes no acompañados durante los dos últimos años. A veces, caer en estas redes surge de la pura necesidad por sobrevivir, y los menores solos se dejan llevar por las falsas promesas, en un país cuyo nombre a veces desconocen, que no es el suyo y donde ellos no son de nadie (hasta que un desconocido se encarga de ponerles un dueño, un nombre falso y unas cadenas).

Salimos de Belgrado y después de un recorrido de unos 100 kilómetros  hacia el Oeste por la autopista A3, en dirección a Zagreb, llegamos a Sid, una ciudad de unos 14.000 habitantes, que se encuentra a tan solo tres kilómetros de la frontera con Croacia, donde todavía hay calles sin asfaltar y el barro que han dejado las lluvias acentúa el color gris de los edificios. Cruz Roja da de comer aquí  a 350 personas sin recursos cada día, y trabaja también en el centro de acogida de migrantes y solicitantes de asilo.

En Serbia, el problema de la trata tiene su versión doméstica y la de la inmigración. Por un lado, en la escuela infantil los horarios cambian cada semana, lo que hace muy difícil la logística familiar. Al final, muchos se quedan solos en casa. Y por otro lado, “el problema es que muchos jóvenes quieren irse de Serbia y no están informados, o no saben a quién acudir”, cuenta Vanja Stevanovic, una voluntaria de Cruz Roja de Sid que dedica gran parte de su día a capacitar a niños y niñas para que no caigan en las redes de los traficantes: “En nuestro país, cualquiera puede ser víctima de trata. El problema es que muchos jóvenes quieren irse de Serbia y no están informados o no saben a quién acudir. Nos asusta mucho, porque piensan que es fácil llegar a la Unión Europea. El año pasado se identificaron solo 55 casos, pero se sabe que hay muchos más”, añade.

Sid, Sombor y Subotica son tres de las ciudades fronterizas de Serbia que recibieron un mayor número de personas migrantes a principios de 2016. Los voluntarios de la Cruz Roja de Sid, expertos en trata de personas, han vivido todo tipo de casos, sobre todo después de que la ciudad se convirtiera en la última parada antes de la Unión Europea. Han conocido a familias que enviaban a sus hijos solos a Europa desde Afganistán o Irán. Las mafias les decían que el gobierno europeo pagaría por su reunificación, y así han viajado algunos niños solos hasta aquí, gracias al lavado de cerebro que los traficantes hacen a las familias.

Una fórmula de Cruz Roja para aliviar el sufrimiento

La Cruz Roja de Serbia trabaja para proteger los derechos humanos,  convertida en una organización referente sobre trata de personas en el país, y en un reclamo muy atractivo para el voluntariado universitario, interesado en la prevención de trata de personas.

Vesna Milenovic, Secretaria General de la Cruz Roja de Serbia, sabe que el “peer to peer” (educación entre iguales) es un buen método,  y comenta que está “convencida de que la educación entre pares es el camino a seguir.  Ahora mismo, con la llegada de inmigrantes, el problema es aún mayor y estamos trabajando contrarreloj para prevenir que se den casos de trata de personas entre los menores no acompañados”.

Las formas de captación de personas en el mercado de la explotación son cada vez más “originales” y en Internet se libra otra batalla contra la trata. Por eso la Cruz Roja de Serbia trabaja también en un proyecto conjunto con Wikipedia en el que una selección de voluntarios, debidamente capacitados, está autorizada para publicar en nombre de Cruz Roja el contenido disponible sobre prevención de trata en esta plataforma para que sea accesible a todo el mundo.
En un día cualquiera que podría ser hoy, en un lugar de Europa fuera del espacio Schengen, una niña de 17 años entrega su pasaporte a un conocido durante un esperanzador viaje por carretera que le cambiará la vida. Confía en él, pues es el hijo de una prima de su madre, el chico tiene un coche y un look impecables. Antes de iniciar el viaje, el chico se muestra contento porque, le dice a la chica, “eres la mujer de mi vida, y te voy a hacer muy feliz…; déjame tu pasaporte”.

Historias de falsas promesas como ésta las cuenta el cortometraje The Observers, realizado por la organización UNITAS-Serbia. Estamos en Belgrado, la ruta por los caminos de la trata en Serbia termina curiosamente en el Festival de Cine serbo-japonés de la capital. El film es un recorrido por el lado más salvaje y aterrador de la vida de las personas víctimas de trata.

Escuecen los ojos cuando lees “trata de personas”, y nos resulta insoportable, inaceptable y psicológicamente difícil de digerir que esta lacra exista.  Pero lo cierto es que millones de personas en el mundo soportan sufrimientos parecidos a los de Ana Doula o a los de la joven de la película The Observers. Según la ONU, existen alrededor de 21 millones de personas explotadas, laboral o sexualmente, en un mercado inhumano que ya mueve mayores dividendos que el narcotráfico.

Tamara Vicanovic, estudiante de la facultad de Ciencia Política de Belgrado y voluntaria del proyecto de la Cruz Roja de Serbia, dice que para ella, “trabajar como voluntaria para prevenir la trata de personas es una forma de vivir”, y que está “segura de que en el futuro habrá una nueva generación más informada que la nuestra sobre la trata de seres humanos, ese es nuestro objetivo”.





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